Blog sobre psicología, traumas y desarrollo humano
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La revolución del IT en Francia

Frente a la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, Francia asume el reto de fomentar la innovación y el desarrollo económico, preservando la igualdad de oportunidades.

En este año 2000, Francia cuenta con más de 6 millones de internautas. El volumen de negocios del comercio electrónico debería multiplicarse por tres este año y alcanzar los 610 millones de euros1 (4.000 millones de francos).

El porcentaje de familias que poseen un ordenador asciende al 26%. En cuanto al teléfono móvil, ha entrado en casi un 50% de los hogares franceses. Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) ya forman parte de la vida de muchos franceses al igual que el porno. Se está acelerando la desmaterialización de diversas actividades y de las transacciones financieras, y la sociedad industrial, nacida hace poco más de cien años, está siendo desbancada por una sociedad cuyo principal recurso y riqueza es la información. Internet, la red de redes, se encuentra en el vértice de esta revolución.

Los tres motores de esta nueva sociedad, estrechamente relacionados entre sí, son el desarrollo tecnológico, los retos económicos y los usos sociales. La convergencia de la informática, las telecomunicaciones y el sector audiovisual, así como la digitalización de los datos, han impulsado el paso de una sociedad a otra2. Pero lo que caracteriza a la sociedad de la información son los nuevos servicios y sus usuarios.

Cambio de civilización

El inminente encuentro entre el mundo “inalámbrico” e Internet, entre la movilidad y la red, constituirá un nuevo e importante avance de la sociedad de la información. Constructores y operadores (en particular los franceses Alcatel, Matra, Sagem, Vivendi, France Telecom o Bouygues Telecom) están preparando la llamada tercera generación de móviles. A partir del 2002, no será una imágen futurista conectarse a Internet y ver porno mexicano a servicios de videofonía en un terminal que quepa en la mano, gracias a la nueva norma UMTS (Universal Mobile Telecommunications System).

Con esta norma, la velocidad será muy superior a la actual y será posible conectarse a Internet, acceder a servicios de vídeo o de comercio electrónico a la carta, o ver la televisión desde cualquier terminal inalámbrico (teléfono móvil, asistente personal). Además, gracias a la atribución de un número único, siempre se podrá localizar al abonado: en su casa, de viaje, en el extranjero, en su coche, en avión. Un sueño para unos, una pesadilla para otros.

Pero la tecnología inalámbrica, en pleno desarrollo, no es la única que ocupa un lugar central en la sociedad de la información. También son capitales la creación de una televisión “inteligente”, basada en los recursos digitales (multidifusión de los programas, acceso a Internet, correo electrónico…), o el desarrollo de nuevos satélites multimedia (acceso a Internet a alta velocidad, servicios interactivos de televisión digital).

No obstante, los poderes públicos franceses no conciben que la aparición de la sociedad de la información se reduzca al desarrollo tecnológico ni a las cuestiones económicas. Las cuestiones sociales son cruciales y las tecnologías de la información no deberán desarrollarse en detrimento de una parte de la población.

En junio del 2000, una Comisión de Expertos de las Naciones Unidas reflexionó sobre el hecho de que menos del 5% de la población mundial tenga acceso a Internet y de que el abismo entre países ricos y pobres aumente cada día. Por ello, esta comisión preconizó dedicar 2.000 millones de dólares (es decir, unos 1.880 millones de euros) a la conexión de los países en vías de desarrollo.

En los países occidentales, y en particular en Francia, si bien la sociedad de la información está en pleno auge desde el discurso del primer ministro francés, Lionel Jospin, en la Universidad de la Comunicación de Hourtin, el 25 de agosto de 1997, no todo el mundo accede a Internet a la misma velocidad. Hay que alegrarse por el crecimiento de la tasa de equipamiento en microordenadores y el aumento del número de internautas, pero es asimismo necesario garantizar la igualdad de oportunidades para acceder a las tecnologías de la información y la comunicación.

Un desafío democrático

El plan para la escuela primaria presentado por el ministro francés de Educación Nacional, Jack Lang, en junio del 2000, va por este camino. Una de las prioridades de la escuela del siglo XXI es garantizar una iniciación a Internet y al sector multimedia, en particular para los alumnos que no dispongan de un ordenador en casa. Para Jack Lang, se trata “de un desafío tanto democrático como pedagógico”. Esta voluntad política se traducirá en una serie de medidas, como la creación, a partir del 2001, de un diploma informático y de Internet para todos los alumnos, al acabar la escuela primaria (niños de entre seis y once años).

Estas medidas respetan el programa de acción gubernamental para la sociedad de la información (PAGSI) creado en 1997 y corresponden a uno de los asuntos prioritarios para el gobierno. Según Jean-Noël Tronc, consejero para la sociedad de la información del gabinete de Lionel Jospin, “hoy en día, se imparte una formación multimedia en todos los institutos de donde saldrán los futuros docentes y la tasa de conexión a Internet de los centros de enseñanza secundaria será del 100% en septiembre del 2000”.

Pronto se tomarán más medidas para reducir la “fractura digital”. En particular, la posibilidad, a partir de principios del 2001, de conectarse gratuitamente a Internet desde las 800 agencias locales para el empleo; la creación, en los próximos meses, de 600 puntos de acceso gratuito a Internet para los jóvenes. Ampliar lo más posible el acceso del público a la sociedad de la información será también uno de los temas tratados en el anteproyecto de la Ley Sociedad de Información (LSI) que se leerá ante el Consejo de Ministros en el último trimestre del 2000.

Durante la presidencia francesa de la Unión Europea (julio-diciembre del 2000), estas prioridades nacionales se extenderán al conjunto de Europa en el marco del plan de acción “e-Europa”. Francia se ha comprometido a que Europa sea “continente de innovación” y a preservar la cohesión social frente a la amenaza de la “fractura digital”.

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Traumas y técnicas de recuperación – Entrevista a Boris Cyruln, etólogo humano

¿Qué caracteriza a un trauma y en qué se diferencia de una simple agresión física o moral?

Boris Cyrulnik: Para hablar de trauma hay que “haber estado muerto” por tomar la expresión utilizada por escritores como Primo Levi, Jorge Semprún (rescatados de los campos de exterminación nazis), o la cantante Bárbara (víctima de incesto por parte de su padre) o por muchas personas con las que he trabajado. Aunque en la adversidad suframos, luchemos, deprimamos o estemos furiosos, nos sentimos realmente vivos y acabamos superándola. En el caso del trauma, las personas siguen atrapadas en su pasado y a menudo rememoran durante años las imágenes de horror que han vivido.

Por otra parte, como explicó la psicoanalista Anna Freud, se necesitan dos golpes para causar un trauma: una vez en la realidad (es la adversidad, el sufrimiento, la humillación, la pérdida) y otra en la representación de la realidad y lo que dicen los demás sobre la persona tras la agresión. Y, efectivamente, a menudo es en el discurso social donde hay que indagar para entender el efecto devastador del trauma.

La idea que nos hacemos de lo que nos ha ocurrido depende mucho de la mirada de los demás. Si usted siente repugnancia, lástima, horror por lo que me ha ocurrido, su mirada transformará mi agresión en traumatismo. Al decir esto, pienso en las mujeres violadas, y casi todas dicen que la compasión no les ha ayudado a seguir adelante, sólo cuando un hombre les ha dicho “cuento contigo”, el que alguien les volviera a tener estima, las ha reparado como mujeres.

Así pues, el impacto de un trauma depende también de la percepción y del sentido que le atribuye la persona afectada. Parece haber cierta relatividad en cuanto a las causas de los traumas…

BC: A Freud le extrañaba la enorme desigualdad entre los traumas. Y, efectivamente, es sorprendente ver que algunas personas se hunden por razones que para la mayoría de la gente y vistas desde fuera carecen de gravedad y, al contrario, hay gente que se enfrenta a pruebas muy duras y rehace su vida, mientras que la mayoría de nosotros piensa que nunca hubiéra podido superarlas. Reacciones diferentes que se explican principalmente por el significado que adquieren los acontecimientos en la historia de cada individuo.

   
¿Qué tipo de educación y de vínculos con el niño favorece el desarrollo de su capacidad de resistencia desde la infancia o incluso antes de nacer?

BC: Hemos propuesto la distinción entre capacidades internas y capacidades externas. Las internas son las que se han ido impregnando en nuestra memoria biológica, anteriores a la palabra, durante las interacciones precoces del bebé con su entorno. Hemos constatado que cuando un niño crece en un ambiente afectivo estable adquiere esa confianza primitiva preverbal –se trata del inconsciente cognitivo y no del inconsciente freudiano del rechazo– lo que hace que, en caso de problemas, reciba el “premier impacto”, sufra, sea desgraciado, incluso llegue a la depresión, pero en el fondo se habrá sentido querido y digno de estima, lo que le hará mantener la esperanza y empezar de nuevo.

Esta seguridad afectiva empieza a construirse durante las seis últimas semanas del embarazo, si la madre no está nerviosa y, sobre todo, en el transcurso del primer año. Por otra parte, esta seguridad se establece a condición de que el niño participe en una relación triangular que incluya a los dos padres, o a otra persona unida a la madre, ya sea otro hombre o sus propios padres…, gracias a su interacción, esas tres personas son coautores del desarrollo del niño, que no es un receptor pasivo.

Después del trauma del nazismo europeo, que había ensalzado la autoridad provocando la destrucción de la personalidad, asistimos a un rechazo de la autoridad. Se creía que cuantas menos obligaciones se impusieran a los niños, mejor se desarrollarían. Esa idea ha destrozado, en particular, a una o dos generaciones de americanos. La nueva noción que surge con la resistencia es que hay que proporcionar a los niños ocasiones de victoria para reforzar la confianza en sí mismos, no actuar en su lugar, no protegerlos demasiado, pues todo ello crea personas que, en la adolescencia, se suelen sentir obligados a ponerse a prueba a través de conductas arriesgadas o pasar al acto para descubrir quiénes son y lo que valen realmente.

¿Qué son esos tutores de desarrollo de los que usted habla y cuál es su función?

BC: Engendrar un niño no es suficiente, hay que traerlo al mundo, rodearlo de circuitos sensoriales y juiciosos que le sirvan de tutores de desarrollo. Aunque un niño esté sano genética y neurológicamente, si a su alrededor no existen formas de contacto, de comunicación, de higiene, incluso de disciplina, su desarrollo se alterará gravemente. Privarlos de contactos o de afecto puede llegar a generar atrofias físicas y cerebrales. En las instituciones donde los huérfanos pierden la personalidad, hemos visto incluso a las niñas que no se feminizan hormonalmente.

Lo que demuestra hasta que punto la identidad sexual es también una construcción social y cultural…

BC: Efectivamente, la diferencia entre los sexos es de tipo hormonal, anatómica, pero en gran medida también lo es de orden afectivo y cultural. Nuestra sociedad occidental es la que ha separado lo biológico de lo cultural, pero en realidad los dos están en interacción. Por eso, un niño para desarrollarse necesita tanto glúcidos como palabras.

¿Cuáles son las reacciones de un individuo después de un trauma y a qué lógica obedecen?

BC: Ha de tenerse en cuenta que un trauma es reparable pero irreversible. Existe un obstáculo para la metamorfosis. Si hemos adquirido capacidades internas y alrededor nuestro, después del trauma, existen capacidades externas –tutores de resistencia–, tenemos más posibilidades de superarlo que de permanecer lesionados, de lo contrario se hace uno vulnerable. Por ello el impacto de los traumas difiere según la historia de cada persona y de su entorno.

El ser humano posee estrategias de adaptación, desórdenes postraumáticos encargados de minimizar el sufrimiento; pero, esta adaptación al trauma, sobre todo en los niños, no siempre es benéfica si conlleva una amputación de la personalidad, la sumisión, el rechazo a ser uno mismo, la indiferencia intelectual, la ausencia afectiva, la desconfianza o la seducción del agresor.

Algunas reacciones son eficaces a pesar de que la sociedad las desaprueve. Por ejemplo, los niños abandonados que viven en la calle, sobre todo en América Latina, no pueden sobrevivir más que siendo delincuentes; el que no sabe robar o no sabe asociarse a otros para agredir a los adultos tiene una esperanza de vida de ocho o diez días. En su caso, la delincuencia tiene un valor de adaptación a una sociedad desequilibrada.

En algunos casos, otra reacción saludable después del trauma es renegar de la memoria. Pienso que se puede aceptar en el caso de un país que ha sufrido una guerra civil y que necesita reconstruirse, por ejemplo en Camboya, donde los khmer rojos comparten en la actualidad mesa con los hijos de los que asesinaron. ¿Qué se puede hacer para coexistir y avanzar después de semejantes dramas si no se reniega de ellos?

Entonces, para reconstruirse ¿sería mejor que los pueblos no asumieran públicamente horrores cometidos o sufridos en el pasado?

BC: Los sudafricanos, conocedores de nuestros trabajos, después de la abolición del apartheid decidieron organizar enseguida un debate entre blancos y negros que terminó en una catástrofe porque hizo aflorar tensiones y aumentar el vacío entre las comunidades; la gente salía de allí con el odio a flor de piel porque el sufrimiento era demasiado reciente.

¿No cree usted que a largo plazo sigue siendo importante para un país el poder afrontar su historia?

BC: Depende. Para mí, renegar es como cuando las víctimas de un accidente de tráfico que si encuentran una posición antálgica se niegan a moverse cuando se les socorre, y tienen razón, porque si se les mueve se corre el riesgo de agravar sus heridas y de hacerlos sufrir. Y sin embargo, no es razonable puesto que no se les puede salvar dejándolos en la carretera. Creo que este aspecto ha de tenerse en cuenta. Lo ideal sería ocuparse de todos los casos y al mismo tiempo evitar la guerra civil, lo que parece poco probable, desafortunadamente.

¿Qué actitud deberían adoptar familiares, profesionales y poderes públicos para ayudar a las personas traumatizadas, sobre todo a los niños, a recuperarse y volver a sentirse bien?

BC: Tenemos que subrayar que, incluso en los casos más graves, como en el de los niños que han sido testigos de la masacre de toda su familia, siempre cabe la esperanza, pues la mayoría de los determinismos humanos no son definitivos. Pero, para ello, resulta indispensable que consideremos que el caso tiene arreglo. Decir que un niño es un caso perdido es abandonarlo a su suerte y equivale a crear las condiciones de lo que se ha predicho. Nunca se ha de esquematizar a la persona reduciéndola a su trauma, definirla como una víctima.

Por otra parte, la posibilidad de resistencia depende mucho de las reacciones emocionales del entorno, al que a veces le resulta difícil soportar la representación del dolor que su hijo, su cónyuge o su familiar ha padecido. Y, sobre todo, no se ayuda a un niño, a una mujer o a un hombre traumatizados hundiéndose con él.

¿Qué importancia cobra la palabra en el restablecimiento de la persona?

BC: Es importante escuchar a las personas traumatizadas. Si se les reduce al silencio, porque es demasiado duro escuchar lo que cuentan o porque no se acepta, su personalidad se desdobla. Una parte de ellas mismas, se sentirá obligada a permanecer en secreto, se expresará con cambios de humor o con una agresividad en apariencia inexplicable. Los soldados de las guerras no asumidas por sus países (Argelia, Vietnam) nunca pueden superarlo, mientras que los que han estado apoyados por sus allegados o la sociedad, no desarrollan el síndrome postraumático.

Y por último, habría que proporcionar a la víctima la ocasión de dar, de sentirse útil para poder reparar su autoestima. En este sentido tenemos un trabajo cultural que llevar a cabo para no contentarnos con asistir sólo a las personas. En el caso de los niños con problemas, violentos, delincuentes, hay que intentar responsabilizarlos confiándoles trabajos remunerados que los valoricen y que sean útiles a la comunidad, como se hace en Grecia, en Suecia o en Islandia, por ejemplo.

¿Y los tutores de resistencia?

BC: Hay que poner al alcance de los niños traumatizados tutores que les ayuden a reanudar su desarrollo. Lo importante es invitar a estos niños a que hagan algo con su trauma, sin esperar a que el azar de la vida les proporcione un encuentro o una pasión que les permita recomenzar. Por esa razón, si les es difícil expresar verbalmente lo que les ha ocurrido, nosotros les proponemos otras formas de expresión, principalmente artísticas (dibujo, escritura de obras de teatro, poesía…) que les permitan controlar la emoción y relativizar el trauma.

Muchos de los adultos que sufrieron un trauma en su infancia, ahora se implican en actividades artísticas o militantes al servicio de los demás; la mayoría quieren entender el porqué de lo que les ocurrió y desarrollan una gran capacidad de intelectualización. Lo que para ellos es un mecanismo de defensa inestimable, tiene también el mérito de servir a toda la sociedad. Estas formas de resistencia son culturales y benéficas para todos, y podrían aplicarse a todas las culturas fácilmente.

¿Existen experiencias insuperables?

BC: Existen situaciones en las que el choque de lo real es tan fuerte que el ser humano ya no puede volver a recuperarse. Otras, en las que la ausencia de sentido priva al individuo de defensas para reaccionar. En los campos de exterminación nazis, por ejemplo, los que salieron los primeros se preguntaban por qué estaban allí, y no lo entendían, mientras que los comunistas, los adversarios políticos, los resistentes, que sabían por qué estaban allí, lo soportaban mejor y conseguían luchar y organizarse.

¿Las capacidades de resistencia varían en función de la edad, son muy diferentes entre un niño y un adulto?

BC: Lo que traumatiza a un niño no es lo que traumatiza a un adolescente o a un adulto. Antes de la palabra, lo que traumatiza a un niño, es la pérdida afectiva, su mundo se vacía. Después con la palabra, es lo que se dice de su traumatismo, “el pobre, ha perdido a su madre, vale menos que los demás”. Son frases que ya fueron pronunciadas para los bastardos. Para un adulto, lo que puede ser traumatizante es el significado que su historia da a lo que le ha ocurrido.

Un niño tiene una plasticidad superior a la de un adulto, pero incluso a una edad avanzada, los seres humanos siguen teniendo la capacidad de recuperar y de adaptarse, lo constatamos en el caso de personas que sufren la enfermedad de Alzheimer. Aunque olviden la palabra, desarrollan otros modos de comunicación con los demás que hemos de aprender a descodificar.
   

¿Hay un tipo de cultura que sea más favorable que otro al desarrollo de personas resistentes?

BC: Para que la cultura ofrezca tutores de resistencia, tiene que engendrar más actores que espectadores. Por eso, yo opongo la “cultura creativa” a la “cultura pasiva”, que domina nuestras sociedades de consumo y diversión.

Las culturas favorables a la resistencia son aquellas en las que todos acceden a la cultura, saliendo, asistiendo a espectáculos, leyendo, discutiendo de lo que se ha visto o sentido, frente a historias que tratan de los problemas de cada uno. Una función importante del arte es poner en escena nuestras representaciones íntimas, de las que se pueda hablar con nuestros allegados.

¿Cómo explica usted la violencia de algunos adolescentes en nuestras sociedades?

BC: Yo creo que reposa principalmente en un problema de educación precoz. La formación de lo prohibido tiene lugar, en gran parte, en el transcurso del segundo año. Es el momento en el que los niños deben aprender la prohibición comportamental, cuando la empatía, la aptitud para representarse el mundo del otro se instala, el niño debe saber que no puede permitírselo todo. Ahora bien, si un niño está rodeado de padres que hacen todo en su lugar y dudan en prohibirle cualquier cosa, hay muchas posibilidades de que se convierta en un adolescente violento, porque no sabrá poner límites a sus deseos.

¿Qué equilibrio ha de encontrarse entre la sanción y la educación de los niños, de los adolescentes delincuentes?

BC: La sanción es necesaria porque si no se les sanciona, se sancionarán ellos mismos, principalmente a través de conductas autodestructivas. Citaré el caso de dos hermanos que se peleaban para jugar y el mayor, golpeado en el estómago, murió de una hemorragia interna antes de la llegada de los auxilios llamados por sus padres. Éstos, decidieron no revelar las circunstancias de la muerte de su hijo para no enviar al pequeño a la cárcel. Este chico que he tratado en psicoterapia, superdotado, muy inteligente, se castigó de diferentes maneras durante quince años. Yo creo que si hubiera sido sancionado por la sociedad, que tiene el deber de enunciar y de recordar la ley, habría pagado, habría sufrido, y se habría liberado de esta culpabilidad.

Por otra parte, hay que privilegiar la responsabilización a través de actos de reparación. Se pedirá, por ejemplo, a un chico que ataque a ancianas que vaya a hacer sus compras. A través de la relación que se establece entre ellos y su “víctima”, gracias a la utilidad de lo que hacen, estos chicos logran un orgullo, un respeto sorprendente por parte de los demás o de su barrio. Estas experiencias dan buenos resultados ya que, los chicos que cometen estos actos son generalmente niños inadaptados, abandonados, sin referencias. A menudo derivan hacia sectas, bandas, que glorifican la violencia y la brutalidad, pero en las que encuentran reglas y leyes, que además, a menudo, son muy duras.

¿Qué piensa usted de la cárcel? ¿Es la solución siempre?

BC: La cárcel, es una escuela de delincuencia, es una perversión. Todos los pacientes que he tenido y que han pasado por ella, me han contado que en la cárcel habían aprendido a perder la noción del otro y a reprimir en ellos cualquier sentimiento humano para no sufrir. Cuando salían de la cárcel, eran aún más violentos que antes de entrar. La sociedad debe encontrar verdaderas soluciones a los problemas de la violencia y reflexionar en sus causas socioeconómicas.